4 de noviembre de 2014

La convivencia entre gato y bebé humano


Existen dos razones que pueden justificar la atracción que un bebé ejerce sobre un gato:
  • Por una parte las regurgitaciones y la consiguiente producción de leche cortada sólo puede atraer al gato hacia una nueva fuente de golosinas. Esta es una de las razones por las que el gato busca este sitio, ya sea para lamerlo o para dormir allí.
  • Por otra parte, el bebé duerme mucho, como el propio gato, y lo hace siempre en una cuna particularmente blanda y caliente.
Sobra decir que un ser que reune tantas tentaciones no puede sino atraer al gato.

Durante los primeros meses de vida del bebé, conviene prohibir al gato el acceso al cuarto de éste cuando duerme, con cuidado de que la mascota no asocie la presencia del niño a la ausencia de mimos para él. Pero cuando el bebé está despierto, es preciso dejarles toda la libertad, tanto al gato, como al bebé para interactuar como deseen.

Así, ciertas mañanas, puede verse al gato esperando delante de la puerta de un bebé que éste se despierte. Luego, puede que se pose sobre la mesa, presentando su flanco al bebé para que éste le haga algunas caricias mientras desayuna. Estas interacciones que son claras iniciativas del gato, pueden empezar antes del 5º mes.


Con el comienzo de la motricidad empiezan las corridas y persecuciones. A veces, el gato puede incluso encontrarse en situaciones más difíciles, cuando el niño descubre su cola tan inquieta. Entre los 18 y 24 meses, el niño manifiesta conductas de agresión. El adulto debe entonces estar atento y permanecer siempre cerca de ellos mientras interactúan, ya que lamentablemente el gato puede soltar un arañazo. Además, durante todo este periodo, es necesario enseñarle al niño el respeto por el gato, que puede igualmente hacerse respetar por sí mismo.

Mejor que nadie, el gato es capaz de colaborar para que el bebé se relacione con su entorno a través de la estimulación del movimiento y permitirle una exploración segura del ambiente que lo rodea. El ver a un gato deambular crea un interés inmediato y espontáneo en el niño, que vocaliza para manifestar su alegría y excitación, y puede incluso llegar a olvidar el dolor de dientes que lo había despertado. Estas vocalizaciones hacen a veces que el gato huya; su temperamento y su socialización más o menos precoz (ideal si ésta se efectúa antes de las cinco semanas de vida) van a determinar en gran parte la calidad y la naturaleza de las interacciones entre el niño y el gato.

La diversidad de temperamentos felinos explica por qué no es forzosamente con el gato de la familia que el niño va a interactuar más. Puede ocurrir que sea el gato de la abuela, de una hermana mayor o de un vecino el que fascine al niño y responda a sus iniciativas de interacción.

El niño, cualquiera que sea su edad, aprende a adaptar su comportamiento en función de los deseos del gato; en una palabra, aprende que es la paciencia. Encuentra en el gato un compañero que lo hace entrar en el mundo de los adultos a través del juego.

Al hacer posible que el bebé aprenda a esperar, a respetar a otro ser, a dominar sus gestos, sus vocalizaciones y sus expresiones, el gato enseña simplemente a vivir.

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